I.  Porquè leer la Palabra de Dios que estàn en las Sagradas Escrituras?


...La palabra de Dios, fuente inagotable de conocimiento y de vida...



(Lectura bíblica: Rm 11, 33-34:Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos! y 1 Cor 2, 10: Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios)

Comentario de San Efren: (306-373 D.C.)


¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos.  Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. 


El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le guste. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrara su reflexión. 


La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron -dice el Apóstol- el mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.


Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha depensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente.


La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo. 


Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni te desmotives por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco.



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II. Fe en la palabra de Dios 

San Cirilo de Alejandria:

(Comentario al Evangelio de San Juan, 4:2 Altercaban entre sí los judíos, ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?).


Está escrito: todos (los dichos de mi boca) son claros para los inteligentes, y rectos para los que encuentran la ciencia (Pro 8:9); mas para los necios, aun lo más fácil se torna oscuro. 


El oyente inteligente, en efecto, guarda en el tesoro de su alma las enseñanzas más evidentes, sin admitir ninguna duda sobre ellas. Si algunas le parecen difíciles, las examina con diligencia y no cesa de buscar su explicación. 


En este afán por alcanzar lo bueno, me recuerdan a los perros de caza que son buenos corredores: dotados por la naturaleza de un olfato extraordinario, andan siempre dando vueltas en torno a los escondrijos de las piezas que buscan. Pues ¿acaso las palabras del profeta no invitan al sabio a hacer lo mismo, cuando dice: busca con toda diligencia y habita junto a mi? (Is 21:12).


Conviene que el que busca lo haga con diligencia, es decir, poniendo en ello toda la tensión del alma, y no pierda el tiempo en vanos pensamientos. Cuanto más dura sea la dificultad, tanto mayor ha de ser el ánimo y el esfuerzo que hay que poner y con el que hay que luchar para conquistar la verdad escondida. En cambio, el espíritu rudo y perezoso, si hay algo que no alcanza a comprender, enseguida se muestra incrédulo y rechaza como adulterino todo lo que supera su entendimiento, llevado por su necia temeridad a una extrema soberbia.


Porque el no querer ceder ante nadie en las propias opiniones, ni pensar que hay algo superior a la propia inteligencia, ¿no es esto en realidad lo que acabamos de decir?


Si examinamos la naturaleza del hecho, encontraremos que ésta fue la enfermedad en que cayeron los judíos; porque debiendo recibir diligentemente las palabras del Salvador, cuya virtud divina y extraordinario poder - manifestados por los milagros - los llenaban de admiración, y debiendo recapacitar sobre las cosas difíciles que oían y ver la manera de entenderlas, salen neciamente con aquel cómo, refiriéndose a Dios, como si ignorasen que su modo de hablar era tremendamente blasfemo.


Dios tiene poder para hacer todas las cosas sin esfuerzo alguno; pero como ellos eran hombres animales - como escribe San Pablo -, no percibían las cosas que son del Espíritu de Dios (I Cor 2:14), sino que pensaban que aquel venerable misterio era una necedad.


Tomemos, pues, ejemplo de aquí, y enmendemos nuestra vida en las mismas cosas que a otros hacen caer, para tener una fe libre de curiosidad en la recepción de los divinos misterios. Y cuando se nos enseñe algo, no respondamos con aquel cómo, porque es palabra de los judíos y causa de la última condenación (...). Haciéndonos prudentes con la necedad de los otros para buscar lo que nos conviene, no usemos ese cómo en las cosas que Dios hace; por el contrario, procuremos confesar que el camino de sus propias obras es para Él perfectamente conocido.


Asi como nadie conoce la naturaleza de Dios y, sin embargo, es justificado el que cree que existe y que es remunerador de los que le buscan (Heb 11:6), así también, aunque ignore el modo en que Dios realiza las cosas en particular, si confía a la fe el resultado y confiesa que Dios, superior a cuanto existe, lo puede todo, recibirá un premio no despreciable por su recta manera de pensar. 


Por eso, queriendo el mismo Señor de todos que nosotros tengamos esta disposición de ánimo, dice por el profeta: no son mis pensamientos como los vuestros, ni mis caminos son como vuestros caminos, dice el Señor; sino que como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y vuestros pensamientos de los míos (Is 55:89). Porque el que nos supera tan grandemente en sabiduría y poder, ¿cómo no va a obrar cosas admirables y superiores a nuestra capacidad?


Quiero añadir a esto una comparación que me parece apropiada. Los que ejercen entre nosotros las artes mecánicas, muchas veces dicen que van a realizar una obra maravillosa, cuyo modo de llevarse a cabo escapa ciertamente a la perspicacia de los oyentes antes de que la vean; pero confiando en el arte que ellos tienen, lo aceptamos por fe incluso antes de que hagan el experimento, y hasta nos avergonzamos de poner resistencias.


¿Cómo, pues, habrá quien diga que no son reos de crimen gravísimo los que se atreven con su incredulidad a no dar fe a Dios, artífice supremo de todas las cosas, sino que se atreven a preguntar el cómo en lo que Dios hace, aun después de conocer que Él es el dador de toda sabiduría y después de haber aprendido por la divina Escritura que es Todopoderoso?

Y si persistes, ¡oh judío! en repetir ese cómo, yo, a mi vez, imitando tu insensatez, te preguntaré: ¿cómo saliste de Egipto? ¿Cómo se convirtió en serpiente la vara de Moisés? ¿Cómo se llenó la mano de lepra y después volvió a su primer estado, según está escrito? ¿Cómo el agua se convirtió en sangre? ¿Cómo atravesaste por medio del mar como por tierra seca? (Heb 11:29; cfr. Ex 14:21). ¿Cómo aquella agua amarga de Mara se volvió dulce por medio del madero? ¿Cómo salió agua para ti de las entrañas de la roca? ¿Cómo por tu causa cayó maná del cielo? ¿Cómo se detuvo el Jordán? ¿Cómo sólo por el clamor cayeron los inexpugnables muros de Jericó?. ¿Y todavía seguirás repitiendo aquel cómo? Pues estarás ya atónito por los muchos milagros en los que, si preguntas el cómo, echarás por tierra la fe de la divina Escritura, los escritos de los santos profetas y, ante todo, los mismos libros de Moisés.

Por consiguiente, mejor sería que, creyendo en Cristo y asintiendo con diligencia a sus palabras, se esforzasen en aprender el modo de la Eucaristía, sin preguntar inconsideradamente: ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?(Jn 6:52).


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III. El jardín de la Sagrada Escritura

San Juan Damasceno 

(Exposición de la fe ortodoxa, IV 17).


Dice el Apóstol: Muchas veces y de muchos modos habló Dios antes por medio de los profetas; mas en estos últimos días nos ha hablado por medio del Hijo (Heb 1:1-2).   

Por medio del Espíritu Santo hablaron la ley los profetas, los evangelistas, los apóstoles, los pastores y maestros. Por eso, toda Escritura es inspirada por Dios y es también útil (cfr. 2 Tm 3:16). Es, pues, cosa bella y saludable investigar las divinas Escrituras. 

Como un árbol plantado junto a cursos de agua, así el alma regada por la Sagrada Escritura crece y lleva fruto a su tiempo (Sal 1:3); es decir, la fe recta, y está siempre adornada de verdes hojas, esto es, de obras agradables a Dios. 

Por las santas Escrituras, en efecto, somos conducidos a cumplir acciones virtuosas y a la pura contemplación. En ellas encontramos el estímulo para todas las virtudes y el rechazo de todos los vicios. 

Por eso, si aprendemos con amor, aprenderemos mucho; pues mediante la diligencia, el esfuerzo y la gracia de Dios que da todas las cosas, se obtiene todo: el que pide, recibe; el que busca, halla; a quien llama, se le abrirá (Lc 11:10).

Exploremos, pues, este magnífico jardín de la Sagrada Escritura, un jardín que es oloroso, suave, lleno de flores, que alegra nuestros oídos con el canto de múltiples aves espirituales, llenas de Dios; que toca nuestro corazón y lo consuela cuando se halla triste, lo calma cuando se irrita, lo llena de eterna alegría; que eleva nuestro pensamiento sobre el dorso brillante y dorado de la divina paloma (cfr. Sal 67:14), que con sus alas esplendorosas nos lleva hasta el Hijo Unigénito y heredero del dueño de la viña espiritual, y por medio de Él al Padre de las luces (Sant 1:17).


 Pero no lo exploremos con desgana, sino con ardor y constancia; no nos cansemos de explorarlo. De este modo se nos abrirá.Si leemos una vez y otra un pasaje, y no lo comprendemos, no nos debemos desanimar, sino que hemos de insistir, reflexionar, interrogar. 

Está escrito, en efecto: interroga a tu padre y te lo anunciará, a tus ancianos y te lo dirán (Dt 32:7). La ciencia no es cosa de todos (cfr. 1 Cor 8:7). Vayamos a la fuente de este jardín para tomar las aguas perennes y purísimas que brotan para la vida eterna (cfr. Jn 4:14). 

Gozaremos y nos saciaremos, sin saciarnos, porque su gracia es inagotable. Si podemos tomar algo útil también de los de fuera [de los escritores profanos], nada nos lo prohibe; pero comportémonos como expertos cambistas, que recogen el oro genuino y puro, mientras rechazan el oro falso. 

Acojamos sus buenas enseñanzas y arrojemos a los perros sus divinidades y sus mitos absurdos, pues de todo eso sacaremos más fuerzas para combatirlos.


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IV. Ser cristiano es asemejarse a Cristo "Sobre el perfecto modelo del cristiano"

San Gregorio de Nisa (335-394)Lectura bíblica: 2 Co 13, 5 - 6; Ef 4, 17- 5, 1

Hay tres cosas que manifiestan y distinguen la vida del cristiano:

la acción, la manera de hablar y el pensamiento. 


De ellas, ocupa el primer lugar el pensamiento; viene en segundo lugar la manera de hablar, que descubre y expresa con palabras el interior de nuestro pensamiento; en este orden de cosas, al pensamiento y a la manera de hablar sigue la acción, con la cual se pone por obra lo que antes se ha pensado. 


Siempre, pues, que nos sintamos impulsados a obrar, a pensar o a hablar, debemos procurar que todas nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna que se aparte de esta regla suprema.


Todo aquel que tiene el honor de llevar el nombre de Cristo debe necesariamente examinar con diligencia sus pensamientos, palabras y obras, y ver si tienden hacia Cristo o se apartan de él. 


Este exámen puede hacerse de muchas maneras. Por ejemplo, toda obra, pensamiento o palabra que vayan mezclados con alguna perturbación no están, de ningún modo, de acuerdo con Cristo, sino que llevan el sello del adversario, el cual
se esfuerza en mezclar con las perlas el lodo de la perturbación, con el fin de afear y destruir el brillo de la piedra preciosa.


Por el contrario, todo aquello que está limpio y libre de toda turbia impresión tiene por objeto al autor y príncipe de la tranquilidad, que es Cristo; él es la fuente pura e incorrupta, de manera que el que bebe y recibe de él sus impulsos y afectos internos ofrece una semejanza con su principio y origen, como la que tiene el agua nítida del cántaro con la fuente de la
que procede.


En efecto, es la misma y única nitidez la que hay en Cristo y en nuestras almas. Pero con la diferencia de que Cristo es la fuente de donde nace esta nitidez, y nosotros la tenemos procedente de esta fuente.  Es Cristo quien nos comunica el adorable conocimiento de sí mismo, para que como humanos, tanto en lo interno como en lo externo, nos ajustemos y adaptemos,
por la moderación y rectitud de nuestra vida, a este conocimiento que proviene del Señor, dejándonos guiar y mover por él. 


En esto consiste (a mi parecer) la perfección de la vida cristiana: en que, hechos partícipes del nombre de Cristo por nuestro apelativo de cristianos, pongamos de manifiesto, con nuestros sentimientos, con la oración y con nuestro género de vida, el poder de este nombre.



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V. CLEMENTE DE ALEJANDRIA
"Cristo, modelo perfecto"


¿Qué es lo que el Pedagogo ofrece? Ante todo un modelo de vida auténtica, que no es otro que la imagen misma de Cristo grabada en los creyentes, como corresponde a aquel que ha creado al hombre, pues Cristo es Dios y, como tal, es Creador del mundo. "Su carácter no es demasiado severo, ni demasiado blando por su bondad. Manda, pero lo hace de manera que podamos cumplir sus mandamientos.

Fue Él mismo, en mi opinión, quien modeló al hombre con el polvo de la tierra, lo regeneró con el agua, lo ha hecho crecer por el Espíritu, lo educó con la palabra, dirigiéndolo con santos preceptos a la adopción de hijo y a la salvación, para transformar finalmente al hombre terrestre en un hombre santo y celestial, y se cumpla así plenamente la palabra de Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gn. 1:26).


Cristo ha sido la realización plena de lo que Dios había dicho; los demás hombres, en cambio, se parecen a Dios sólo según su imagen.
Nosotros, hijos de un Padre bueno, alumnos de un buen Pedagogo, cumplamos la voluntad del Padre, escuchemos al Logos e imprimamos en nosotros la vida realmente salvadera de nuestro Salvador.


Viviendo, ya desde ahora en la tierra, la vida celestial que nos diviniza, unjámonos con el óleo de la alegría, siempre viva, y con el perfume de la pureza, contemplando la vida del Señor como un ejemplo radiante de incorruptibilidad y siguiendo las huellas de Dios.


A Él sólo corresponde el cuidado - en el que se emplea a fondo- de ver cómo y de qué forma puede mejorar la vida de los hombres (Ped., I, 98.1-3).


En la educación que Cristo ofrece se cumple el viejo anhelo de asemejarse a Dios, mediante el camino de la paz. "Para la guerra hay que hacer muchos preparativos, y una vida de bienestar necesita abundantes provisiones; màs la paz y el amor, hermanas sencillas y tranquilas, no necesitan armas ni provisiones extraordinarias; su alimento es el Logos; el Logos que tiene la misión de guiarnos y educarnos; de Él aprendemos la simplicidad, la modestia, todo el amor a la libertad, a los hombres y al bien.


Sólo por el Logos y la práctica de la virtud nos hacemos semejantes a Dios. Pero, tú, trabaja sin desmayo, pues llegarás a ser como no esperas, ni puedes llegar a imaginar. Así como hay un estilo de vida propio de los filósofos, otro de los rétores, otro, de los luchadores, así también hay una noble disposición del alma, que corresponde a la voluntad amante del bien y que es consecuencia de la pedagogía de Cristo. 


Tal educación confiere a nuestro comportamiento una radiante nobleza que alcanza hasta a las acciones materiales: marcha, reposo, alimento, sueño, lecho, dieta, y demás aspectos de la vida, pues la formación que nos imparte el Logos es de tal naturaleza que no conduce al exceso, sino a la moderación" (Ped., I, 99.1).

VI. UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO

San Cirilo de Jerusalèn: De la Catequesis X,  1 y 10

Sobre aquello de «Y en un solo Señor Jesucristo». Se parte del pasaje de 1 Co 8,5-6: «Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros»

El Hijo, puerta para llegar al Padre

Aquellos a quienes se ha enseñado a creer en «un solo Dios, Padre todopoderoso», deben creer también en el Hijo unigénito. Pues «todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre» (I Jn 2,33). «Yo soy la puerta» (Jn 10,9), dice Jesús. «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6) . Si niegas la puerta, te permanecerá cerrado el conocimiento que lleva al Padre. «Nadie conoce bien al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt I 1,27b). 

Pues si niegas a aquel que revela, permanecerás en la ignorancia. Dice una sentencia en los Evangelios: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (Jn 3,36). El Padre se indigna cuando el Hijo unigénito es privado de su honor. Un rey considera grave que alguien insulte a un simple soldado. Por tanto, si se trata indecorosamente a alguien de las personas más honorables, compañeros o amigos, más se enciende la propia cólera. Y si alguien injuria al Hijo único del Rey, ¿quién aplacará y suavizará al Padre del Hijo unigénito de tal modo conmovido?

Más sobre el señorío de Cristo

Por consiguiente, el Hijo de Dios es «Señor». Señor nacido en Belén de Judá, según las palabras del angel a los pastores: «Os anuncio una gran alegría...: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,10-11). Del cual, en otro lugar, dice uno de los Apóstoles: «El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todo» (Hech 10,36). 

Y cuando dice «de todo», no sustraigas absolutamente nada a su soberanía, pues tanto los ángeles como los arcángeles, «los Principados, las Potestades» (Col 1,16) o cualquier otra de las realidades creadas nombradas por los apóstoles, todo ha sido sometido al señorío del Hijo. Es Señor de los ángeles, como tienes en los evangelios: «Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían» (Mt 4,11). No dice «le ayudaban», sino «le servían», es decir, realizaban un oficio servil. Y cuando iba a nacer de la Virgen, le sirvió entonces Gabriel, que convirtió así su propia dignidad en servicio (cf. Lc 1,26 ss.). 

Cuando tenía que ir a Egipto para deshacer los ídolos de éste25, de nuevo un ángel se aparece en sueños a José (cf. Mt 2,13). Habiendo resucitado tras su crucifixión, un ángel lo anunció y, como un siervo diligente, dijo a las mujeres: «Ahora id enseguida a decir a los discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis": Ya os lo he dicho» (Mt 28,7). Como si dijera: no he descuidado el encargo; testifico que os lo he dicho para que, si lo descuidáis, no sea mía la culpa sino de quienes han sido negligentes. 

Así, pues, aquel es el único Señor Jesucristo, acerca del cual la lectura que se proclamó26 contiene estas palabras: «Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros» ( I Cor 8,5-6).

El Salvador que sana

Así pues, «Jesús» significa en hebreo «salvador», y en la lengua griega, «el que sana» En realidad él es médico de las almas y los cuerpos, y sanador de los espíritus: cura a los que están ciegos en sus ojos sensibles, pero lleva también la luz a las mentes: es médico de los que están visiblemente cojos, y dirige también los pies de los pecadores a la conversión cuando dice al paralítico: «No peques más» (Jn 5,14) y: «Toma tu camilla y anda» (5,8)36.

Pues ya que a causa del pecado del alma había sido entregado el cuerpo a la parálisis, sanó primero el alma para llevar también después la medicina al cuerpo. Por tanto, si la mente de alguien está agarrotada por la enfermedad de los pecados, tiene ahí médico. Pero si alguien es de poca fe, dígale: «Ayuda a mi incredulidad» (Mc 9,23). 

Y si alguien está plagado de enfermedades corporales, no desconfíe, sino acérquese, que también recibirá remedio, y reconozca que Jesús es el Mesías.


AYUNO, ORACION Y LECTURA ESPIRITUAL....

El ayuno, la oración y la lectura espiritual son ejercicios espirituales perfeccionados entre sí, en los que el hombre hace preguntas y Dios contesta; el hombre busca y Dios descubre. En este entorno, la lectura se vuelve descubrimiento del amor y providencia divinos.

La lectura bíblica es una forma de orar, en la que prestamos oído a Jesús. Las Santas Escrituras son páginas en las cuales nos encontramos con Jesús, y a partir de ellas, Él nos envía. Los mártires son los que más comprendieron la Sagrada Escritura, no los científicos ni los exégetas.

La divina Palabra en los libros espirituales no forma «meras palabras»; más bien, de éstas se debe llegar al mensaje, «la Palabra». 

La lectura espiritual no es efectuada por mera intención personal e individual, sino que por medio del Espíritu Santo, Quien ilumina nuestro espiritu.

En la Divina Liturgia, el sacerdote lee una oración antes de la lectura evangélica: «Oh Soberano que amas a la humanidad: haz brillar en nuestros corazones la luz pura de tu conocimiento, y abre los ojos de nuestro entendimiento a la comprensión de tus predicaciones evangélicas [...] a fin de que vayamos en busca de un modo de vida espiritual, pensando y obrando cuanto es de tu agrado.»

San Efrén el Sirio nos aconseja orar antes de la lectura bíblica para que Dios nos revele su voluntad por medio de ella.